Bucear en nuestra identidad para pensar(nos)

Por Ramiro Fihman [1] – Amigo de ED

24/07/2021

Antes de la pandemia de COVID-19 tuve la posibilidad de viajar a Barcelona gracias a una beca que me otorgó la Facultad de Derecho de la UBA cuando era estudiante. Viví seis meses en la ciudad catalana y, cerca del final, coroné la experiencia con un viaje por algunas ciudades de Europa que quería visitar. Entre ellas estaba Venecia, la ciudad de los canales y las góndolas. Fue ahí que, una noche, pasé por un local que vendía unos hermosos tapices de arazzo, que -me explicaron- es un arte que tuvo una fuerte centralidad en la decoración del Renacimiento. Después de mirar un buen rato, y a pesar de tener un presupuesto bastante ajustado, me permití comprar uno: elegí el que tenía tejido el famoso dibujo conocido en Italia como “L’Uomo Vitruviano” (“El Hombre de Vitruvio”), extraído de uno de los diarios de Leonardo Da Vinci junto con anotaciones sobre la anatomía humana.[2] Me lo traje contento a Buenos Aires, sin imaginarme que sería luego un disparador clave para algunas ideas sobre las que vengo trabajando el último tiempo.

Más allá de la relevancia de la obra para la historia del arte o de las ciencias, me interesa aquí su importancia simbólica. El Hombre de Vitruvio representa la centralidad que tuvo el ser humano en el pensamiento occidental moderno. Es que el Renacimiento, precisamente, es la expresión cultural de algo mucho más grande que voy a llamar, para dar a entender el punto, “cosmovisión antropocéntrica”. Da Vinci [3] dibujó un hombre para ilustrar la simetría en las proporciones del cuerpo humano, tomadas del arquitecto Marco Vitruvio Polión (de ahí el nombre del boceto). Y lo hizo hacia fines del siglo XV, tan solo dos años antes de un suceso que iba a cambiar el rumbo de la historia y del pensamiento: la llegada de los españoles a América.

Como en la Antigua Grecia, la modernidad fue volviendo a poner el foco en el poder del hombre [4], cuya figura comenzaba a enaltecerse al tiempo que los acontecimientos históricos justificaban y abonaban el cambio de paradigma: los europeos habían logrado cruzar el océano atlántico, habían llegado a las tierras americanas y se perfilaban a someter a las comunidades que habitaban del otro lado del mundo. El hombre blanco, en ese contexto, no hizo otra cosa que traer su cosmovisión en barco e imponerla con sangre en las tierras americanas. 

Quisiera destacar de esta cosmovisión antropocéntrica europea dos aspectos fundamentales. Por una parte, que se cimienta sobre la base de la separación entre el humano y su entorno; por otra, que esa separación está fundada en la capacidad del primero de dominar al segundo. En otras palabras, lo que los europeos instalaron en América es que los humanos estamos separados de lo que nos rodea y que podemos controlar la naturaleza. 

Curiosamente, esta visión, que establece relaciones de dominación entre los humanos y su entorno, era muy distinta a la de las comunidades que habitaban este suelo. Los pueblos indígenas tenían -y tienen- su propia visión del mundo, que dista mucho de creer que la naturaleza es algo que puede ponerse al servicio de los humanos. Por el contrario, el concepto de Pachamama se cimienta sobre la idea de que las personas son parte de ella (como lo son los demás animales, las montañas, los ríos, la tierra…). Las relaciones de dominación humano-entorno europeas se transforman entonces, en palabras de Gudynas, en relaciones de inserción (2015, p. 146). Estamos insertos en la naturaleza. No es posible dominar el entorno porque se es el entorno. El vínculo con la Pachamama es recíproco. Se cosechan sus frutos, y se le retribuye. Se convive con ella.[5]

Es difícil siquiera imaginar lo que significó un choque cultural de estas características, entre cosmovisiones a tal punto antagónicas. Rivera Cusicanqui lo ilustra del siguiente modo: “Riqueza y poder, oro y plata, eran entonces términos que se hablaban, entre españoles y andinos, en lenguajes mutuamente ininteligibles, y ese fue el principio del caos, el sufrimiento y la mortandad que sobrevino con el pachakuti toledano. Lo que esto nos revela es la brecha epistémica entre andinos y europeos, el bloqueo que sufren aquéllos al intentar que éstos comprendan la noción de poder fundado en el nexo entre las riquezas de la tierra y los designios del sol, del rayo y de los astros; el oro y la plata como conductos de comunicación y reciprocidad entre gobernantes y gobernados, entre humanos y deidades, y entre diversos pueblos y dominios territoriales. En cambio, los europeos transformaron al oro y a la plata en objetos de culto fetichista y competencia expoliadora (…) Y esta mutua ininteligibilidad, basada en la palabra equívoca, muestra el colapso de la idea de lo humano, quizás el legado más duro de la colonización.” (2018, pp. 63-64).

Lo que quiero plantear aquí es que la cosmovisión antropocéntrica no sólo sigue siendo el paradigma en los tiempos que corren sino que, además, se trata del sustento de muchas posturas que pretenden defender ideas de “sustentabilidad” y “políticas ambientales”. Es importante, en este punto, hilar fino para no dar pasos en falso: resulta impostergable pensar y repensar la justificación filosófica de la militancia ambiental desde una óptica que tenga en cuenta los lentes con los que miramos el mundo. 

Me permito decir más. Creo que los movimientos sociales y políticos latinoamericanos -conducidos por jóvenes- tienen una responsabilidad histórica que consiste en pensar la lucha ambiental en clave descolonizadora e intercultural. Esto implica tener muy presente que las justificaciones de la defensa del medioambiente basadas en la supervivencia de la humanidad o el interés de las generaciones futuras, responden a cosmovisiones importadas o, mejor dicho, impuestas. Una ética biocéntrica latinoamericana, en ese sentido, debe preocuparse por el pluralismo epistemológico,[5] por las diferentes formas de saber.  Para una reforma cultural profunda debe plantear permanentemente la necesidad de descolonizar los gestos, los actos y la lengua con que nombramos el mundo (Rivera Cusicanqui, 2010, p. 70). 

Hoy, en medio de tanta información, a veces se hace difícil distinguir entre ideas. Bajo el bombardeo constante de noticias en que vivimos, con opiniones de expertos -e inexpertos- y posibilidades infinitas de acceso a canales de comunicación, la precisión conceptual es cada vez más rara de encontrar en lo efímero de las discusiones, fundamentalmente virtuales, que caracterizan estos tiempos. Y así como la humedad atrae a las moscas, las generalizaciones y los conceptos difusos promueven que perdamos el rumbo. Para eso propongo, en espacios como este, insistir en los debates más profundos y en las preguntas más incisivas. 

Por ahora el tapiz del Hombre de Vitruvio seguirá guardado como un recuerdo. No es la capacidad de dominar el entorno lo que debe dotar de valor a nuestra especie. Por el contrario, creo que es una gran oportunidad para detenernos en la historia y bucear en nuestra identidad; allí nos esperan cosmovisiones que han sido borradas y que pueden nutrir de sentido las luchas políticas contemporáneas. 

 

Notas al pie

[1] Abogado (UBA) y Maestrando en Derecho (UP). Correo: ramirofihman@gmail.com

[2] Precisamente, la obra se encuentra hace ya muchos años en la Galería de la Academia de Venecia. 

[3] No es mi intención sostener aquí que Da Vinci haya tenido un pensamiento antropocéntrico en los términos en que estoy planteándolo aquí; de hecho, hay quienes lo consideran “un ecologista” del Renacimiento. La utilización de El Hombre de Vitruvio únicamente pretende ilustrar la idea de la centralidad del hombre para el pensamiento de la modernidad.

[4] Uso “el hombre” intencionalmente a pesar de que quiero hacer referencia a cualquier ser humano independientemente de su sexo o género. Es que, en rigor de verdad, el protagonismo en todo sentido era de los hombres y no de las mujeres. 

[5] Una buena noticia para quienes todavía no se sientan listos para alejarse tanto del lenguaje eurocéntrico: en algunos pensadores europeos encontramos caminos posibles para empezar a cuestionar la propia visión del mundo. Un muy buen comienzo, según mi experiencia personal, es el pensamiento de Baruch Spnioza. Recomiendo Deleuze, Gilles, En medio de Spinoza, Buenos Aires, Cactus, 2da Ed., 2008.

[6] Recomiendo los trabajos de Boaventura de Sousa Santos para profundizar en este punto.

1 comentario en “Bucear en nuestra identidad para pensar(nos)”

  1. Excelente artículo!
    Es un gran desafío el de «abrir cabezas» en este tema porque la introspección y la autocrítica no son moneda corriente.
    Celebro que colegas jóvenes propongan este cambio en la manera de pensarnos
    Felicitaciones ?

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