Testeo en animales, ¿ausencia de alternativas o falta de ética?

Por Lucía Iturriza

14/05/2021

Se calcula que cada año alrededor del mundo se utilizan más de 100 millones de animales de distintas especies para la experimentación con fines científicos, cosméticos y médicos. Esta práctica tiene larga data a lo largo de la historia ya que desde tiempos inmemoriales el ser humano se ha valido de los animales para asegurar su propio bienestar.

 

Tanto la industria cosmética como la farmacéutica recorren largos caminos de prueba y error antes de lanzar un producto al mercado para el consumo humano. Parte culmine de este proceso consiste en garantizar que el producto sea seguro para las personas y para ello los fabricantes se valen de diversos tipos de experimentos en animales. Estos testeos van desde aplicar sustancias químicas en los ojos y en la piel de los mismos, pasando por infectarlos con enfermedades, hasta obligarlos a ingerir e inhalar sustancias para estudiar su reacción a los componentes e ingredientes utilizados.

El único objeto del uso de animales para investigación científica es garantizar una supuestas ausencia de riesgo para la salud humana y así arrojar un manto de seguridad en la comercialización de los productos testeados. Sin embargo, el cuidado de las criaturas utilizadas no constituye un eslabón en esta cadena ya que, sumado a las torturas a las que son sometidos durante la experimentación, sus condiciones de vida en los laboratorios y criaderos son deplorables, su salud se ve fuertemente afectada luego de los experimentos y una vez que dejan de ser “útiles” para la industria son abandonados como desechos o en la mayoría de los casos, sacrificados.

 

Aproximadamente menos del 20% de los países alrededor del mundo prohíben la experimentación en animales, mientras que el otro 80% avala y hasta exige estas prácticas. Tal es el caso de China, que ha impuesto el requisito obligatorio de que los productos cosméticos que ingresen al país se encuentren previamente testeados en animales.  No obstante, la tendencia global está mutando gracias a los movimientos proteccionistas que han dirigido la atención de los consumidores hacia esta problemática, despertando conciencia e impulsando demandas de transformación a esta industria. Un ejemplo alentador de esta creciente ola de cambio es la Unión Europea, que en el año 2013 concluyó satisfactoriamente un proceso gradual de prohibición de testeo y comercialización de productos testeados en animales. La primera fase iniciada en 2004 consistió en prohibir el testeo de productos terminados, mientras que en 2009 se vedó el testeo de ingredientes.  De esta forma, la comunidad conformada por 27 naciones demostró que los cambios más profundos pueden ser llevados a cabo si existe un consenso sobre la existencia de una problemática, compromiso para resolverla, un plan de acción adecuado y realista, y una ejecución estricta por parte de las autoridades.

 

Ejemplos de cambio como la Unión Europea y países alrededor del mundo entre los cuales se encuentran Guatemala, India, Islandia, Israel, Noruega, Nueva Zelanda, Serbia, Suiza y Turquía, que también prohíben la experimentación de productos cosméticos en animales, visibilizan la existencia de alternativas al uso de seres vivos y sintientes para garantizar la seguridad de los productos. Es más, no solo es posible sino necesario, toda vez que un amplio sector de la comunidad médica ha determinado que debido a las incuestionables diferencias anatómicas y biológicas entre los animales y los seres humanos, alrededor del 95% de los productos satisfactoriamente testeados en animales resultan peligrosos para las personas.

 

Actualmente existen numerosas alternativas al testeo tradicional, la tecnología aplicada y la investigación científica han desarrollado métodos de experimentación in vitro, cultivos celulares, el uso de organismos y microorganismos con células similares a los tejidos, ensayos clínicos, estudios con voluntarios humanos, biología molecular y modelos informáticos, para mencionar algunos. Sin embargo, tal como remarcábamos anteriormente, existen cambios estructurales que para ser estables y duraderos no pueden realizarse súbitamente.

El objetivo principal consiste en reemplazar en su totalidad la experimentación animal de ingredientes y productos cosméticos y medicinales, pero existen otros eslabones sustanciales y paulatinos en la cadena que conduce a ese fin. El Principio de las 3 R desarrollado por los zoólogos e investigadores ingleses Russell y Burch en su libro “The Principles of Humane Experimental Technique” pone en evidencia la falta de humanidad que conlleva inflingir dolor y sufrimiento a los animales sea cual sea el fin, y propone la “remoción o disminucion de la inhumanidad” a través de la aplicación de las 3 R: reemplazo, reducción y refinamiento. El principio basal es reemplazar, que consiste en sustituir el uso de animales por “material insensible” como las alternativas que mencionamos anteriormente. No obstante, para los casos en que no se sustituya el uso de animales, debe aspirarse a la reducción del número de especímenes utilizados en cada estudio para obtener los resultados deseados, o incluso al refinamiento de los métodos de experimentación de forma que éstos disminuyan o no produzcan sufrimiento, así como garantizando que las condiciones de vida de los animales sometidos a testeo sean mejores.

 

En Argentina no existe una ley específica que regule esta materia, organismos como el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) y la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT) poseen diversas resoluciones y disposiciones que se limitan a regular cuestiones como los requisitos técnicos que deben cumplir los bioterios y laboratorios que utilizan animales de experimentación. Paralelamente, la ley 14.346 complementaria al Código Penal de la Nación “establece penas para las personas que maltraten o hagan víctimas de actos de crueldad a los animales”, pero en su articulado no considera la experimentación como un acto de crueldad en sí mismo ni determina estándares ni límites para esta práctica. 

 

Podemos hallar algunos proyectos de ley que buscan mejorar la calidad de vida de los animales de laboratorio o hasta prohibir completamente su uso, pero resulta evidente no solo que la demanda social es aún insuficiente sino que las autoridades han fallado en asumir un compromiso con el bienestar de los animales en tanto seres sintientes. Una vez más tenemos como país la suerte de “contar con el diario del lunes”, hoy sabemos que existen alternativas altamente exitosas y que a través de una regulación criteriosa es posible alcanzar un modelo libre de crueldad. Entonces, ¿Qué más necesitamos para sumarnos a este cambio de paradigma?

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